El estudio de la geografía es aburrido.
Al menos, lo fue para mí hasta que llegué a la universidad.
Ahí tuve como maestro a Claude Bataillon, conocedor apasionado de
nuestro país. El último libro que le conozco, Espacios mexicanos
Contemporáneos es ya antiguo, de 1997 (FCE). Espero que el geógrafo
francés tome los datos del Censo del 2000 y lo actualice.
Sabrá explicar puntualmente tendencias
nacionales como el visible impacto de la emigranción en las cifras
de población y el que a pesar del acelerado proceso de reestructuración
nacional, en el que México ha dejado de ser "el estado del PRI",
el centro siga siendo el centro, o sea que a los habitantes del
distrito federal aún nos falta mucho que vivir en una ciudad que
ocupe su lugar como capital política del país, sin ser objeto y
sujeto de todo.
Históricamente, explica Bataillon,
el centro de México es un "núcleo duro" de sucesivas organizaciones,
situadas en el mismo lugar: el Imperio Azteca, el virreinato,
la República de don Porfirio y el "Estado del PRI". La influencia
remota del Imperio azteca es hacia el sureste, hasta la actual Nicaragua,
pero no hacia el norte o el oeste, en donde a unos 200 kilómetros
de Tenochtitlán viven los hostiles tarascos (purépechas)
y los chichimecas.
Nueva España se extiende igual de
lejos hacia el este, sin controlar del todo la Capitanía de Guatemala.
Domina el oeste del actual México y un noroeste que somete poco
a poco. La preservación parcial de las élites indígenas da pie al
mestizaje precoz, en tanto que los monjes evangelizadores amortiguan
el choque sufrido, como lo atestiguan la acción de Sahagún, en Tlatelolco,
y la de Vasco de Quiroga, en la región tarasca.
En este modo de colonización encontramos
las bases de una lengua castellana atestada de nahuatlismos. La
cocina atestigua la simbiosis profunda entre las dos civilizaciones
rurales: la de los conquistadores (trigo, ganado mayor y menor,
caña de azúcar) y la de los indígenas (maíz, frijol, calabaza,
jitomate, chile, cacao, guajolote). A mediados del siglo XIX el
México contemporáneo fija sus fronteras al incorporar a Chiapas,
cierto tiempo perteneciente a Centroamérica, y perder en
el norte el 51% del territorio, poco poblado y mal controlado.
Hoy, con 97.5 millones de habitantes,
el país es un espacio "sin vacíos", cuya dinámica exportadora
atañe a zonas cada vez más periféricas: la petrolera en el sureste,
los cultivos de exportación en el noroeste y las siembras clandestinas
de droga en el suroeste. La industria exportadora va de la frontera
norte al interior del país y el turismo internacional a las costas
del Pacífico y del Caribe. Los flujos de divisas hacia el interior,
al centro-oeste y a Oaxaca, áreas de intensa emigración internacional.
Luz
Ma. Silva