Alejandro Dumas (1802-1870) nunca
pisó México, pero escribió sobre él en el Diario de Marie Giovanni,
al parecer con Mme. Callegari. Dumas siempre vivió entre la fantasía
y la realidad, derrochador, don Juan, creativo e imaginativo,
gastaba por encima de sus posibilidades, pero sin preocupaciones
pues sabía que su pluma incansable y bien pagada lo sacaba de
cualquier apuro. El autor de incontables dramas y de novelas como
Los tres mosqueteros tuvo a su vez un hijo, del mismo nombre,
que escribió La dama de las camelias.
Dumas padre refirió que la tarea
de darle forma al Diario le fue encargada por una dama encumbrada,
quien viajó por gran parte del mundo, a veces con su marido y
otras, como en México, sola. Llegó a Acapulco procedente de San
Francisco en 1854, en plena rebelión del Plan de Ayutla contra
Santa Anna. En su Diario platicó cómo durante la travesía veía
peces voladores que caían solos en el puente del barco cuando
al anochecer los marinos los atraían con la luz de una linterna
y al acudir al llamado, chocaban contra la cubierta y quedaban
listos para la cocina. De Acapulco refirió su llegada a la casa
de huéspedes, propiedad del único chino que vivía allá, quien
además era el tabernero. El puerto le pareció triste, sin importancia,
y con cuatro grandes inconvenientes: la indolencia de sus habitantes,
los tres meses al año en el que había fiebre amarilla, los temblores
de tierra y los tiburones.
15 días en mula y los correspondientes
salvoconductos, fueron suficientes para recorrer la distancia
entre Acapulco y la capital mexicana. Durmió nuestra viajera a
la interperie, en una hamaca, excepto los dos días que fue huésped
del general Juan Álvarez, "ilustre jefe de los guerrilleros y
de don Diego, su hijo." Ya en la capital, fue acogida por los
encumbrados comerciantes que vino a ver. El Palacio Nacional,
aún de dos pisos, le pareció "un inmenso cuartel." En cambio,
le encantaron Chapultepec, los volcanes, las tiendas francesas
de Plateros (hoy Madero), el teatro de Santa Anna, las fiestas
y las apuestas en San Agustín de las Cuevas (hoy Tlalpan). Tuvo
la desagradable experiencia de ver cómo una epidemia de cólera
se llevaba a varios de sus conocidos. Se ignora cómo regresó a
París ni por qué no dejó clara su identidad al hacerle el encargo
a Dumas, pues el relato finalizó en la Ciudad de México.